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El absolutismo político y el Mercantilismo

Hasta fines de la Edad Media, las monarquías de Europa occidental compartían el ejercicio del gobierno con los representantes de los nobles, el clero y los vecinos de las ciudades. A la reunión de éstos se la denominaba en cada país de distinta manera: Parlamento, Cortes, Asamblea, Dieta. El soberano necesitaba el acuerdo de esos cuerpos colegiados para tomar decisiones en determinadas materias; por ejemplo, la creación de nuevos impuestos.

A partir del siglo XVI, los reyes, sintiéndose fuertes, comenzaron a prescindir de estos organismos y a gobernar por sí solos, en forma absoluta.

Surgió así el período llamado del absolutismo.

El cambio se hizo sentir en casi todos los países europeos. En España se inició con la llegada al trono de la dinastía Habsburgo, cuyos miembros, comenzando por Carlos I, dejaron de lado la buena política de reunir a las cortes y consultarlas antes de tomar decisiones importantes.
En Francia, el absolutismo tuvo su máxima expresión durante el reinado de Luis XIV, de la dinastía de Borbón. No ocurrió así en Inglaterra, donde los intereses de la monarquía para imponer su voluntad al Parlamento fracasaron por la resistencia que se le opuso y que llegó hasta la deposición y ejecución del rey Carlos I Estuardo.

Palacio de Versalles

Palacio de Versalles, construido por Luis XIV. por ernohannink, en Flickr.

El absolutismo fue posible por varias razones. Entre otras, porque el poder de los monarcas se consolidó a medida que se debilitaba el de los señores feudales. Señalemos, además, que los burgueses, o sea los habitantes de las ciudades, prefirieron aceptar una mayor concentración del poder en manos del rey a cambio de que éste los defendiese de los abusos de la nobleza.
Los reyes absolutistas sostenían que sólo debían dar cuenta de sus actos a Dios porque éste era, según decían, el origen de su poder. A esta posición política -que nunca fue aceptada por la doctrina católica- se la llamó derecho divino de los reyes.

Dos aspectos del absolutismo merecen ser destacados. En primer término, el intento de los monarcas por implantar el dirigismo religioso, o sea, poner también bajo su mando a la Iglesia. En segundo lugar, el desconocimiento de los derechos fundamentales del habitante y del ciudadano, por lo que éstos quedaban, tanto en su libertad como en sus bienes, librados a la discrecionalidad o capricho de los gobernantes.

En el siglo XVIII se generalizó en Europa un movimiento de ideas que tenía por finalidad limitar en cada país el poder de su respectiva monarquía.

La Corte del Rey
En todos los tiempos, junto a los reyes era frecuente la presencia de sus parientes próximos, colaboradores y amigos. Pero hubo que llegar a la Edad Moderna para que esa llamada Corte asumiera características muy especiales. La Corte moderna típica fue la de Francia en tiempos de Luis XIV, o sea entre los siglos XVII y XVIII. Este monarca logró transformar a los nobles y antiguos señores feudales en cortesanos, o sea en algo así como satélites que giraban permanentemente en torno del rey y vivían a su costa.

El mercantilismo

El absolutismo también se ejerció sobre la economía de las naciones.
Con tal sistema se trató de implantar en cada país el llamado mercantilismo o proteccionismo, consistente en la intervención del gobierno en la vida económica para promover la industria local, favorecer el comercio y evitar la competencia extranjera.

En algunos casos este sistema dio buenos resultados, pero no siempre ocurrió así. Por ejemplo, no benefició a los reinos españoles de Europa y América, cuya economía se dañaba porque la distancia existente entre las ciudades encarecía el transporte de mercancías y perjudicaba grandemente a las más lejanas. Tal fue el caso de Buenos Aires.

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