Poco después de fundada Roma, sus ciudadanos comenzaron a dominar otras regiones y pueblos. Inicialmente conquistaron toda Italia y extendieron su poder por las costas del Mediterráneo occidental al vencer en las llamadas guerras púnicas a Cartago, una ciudad fundada por los fenicios en el Norte de África. Más tarde hicieron otro tanto con los países del Mediterráneo oriental, como Grecia, Egipto y Palestina.
En Europa sus conquistas se extendieron hasta España, Francia, Gran Bretaña y Alemania, en tanto que en Asia se apoderaron de gran parte del antiguo Imperio persa o de Alejandro Magno. Todos estos territorios sobre los que Roma ejercía su autoridad recibieron el nombre de Imperio Romano.
El poder político del pueblo latino se impuso gracias a su buena organización militar. Durante mucho tiempo los ejércitos romanos estuvieron formados solamente por nacidos en Roma, pero después se incorporó a jefes y soldados provenientes de las diversas regiones del Imperio.
Aníbal y las guerras púnicas
En el siglo IX a.C, unos fenicios emigrados de su tierra fundaron Cartago en el Norte de África, cerca de la actual ciudad de Túnez. Los cartagineses formaron una república comercial que progresó rápidamente. Crearon colonias en Sicilia, Córcega, Cerdeña, las Baleares y España, donde fundaron a Cartagena (o Nueva Cartago). Para defender sus posesiones formaron un gran ejército, cuyos integrantes eran mercenarios, o sea que prestaban servicios por un sueldo y no por servir a su patria. Cuando Roma comenzó a expandirse por Italia se produjo su choque con los cartagineses o puños. Entre los siglos III y II a.C. se desarrollaron las tres guerras púnicas, a cuyo término quedaron vencedores los romanos y Cartago, destruida. En la lucha sobresalió el cartaginés Aníbal, uno de los grandes guerreros de la historia. Fue vencido en la batalla de Zama por Escipión el Africano, jefe romano que al frente de un ejército desembarcó cerca de Cartago.
El triunfo obtenido por los romanos les dio el dominio total del Mediterráneo occidental y de gran parte de la península ibérica.
División del Imperio Romano
A fines del siglo IV el Imperio Romano se dividió. En adelante serían dos los imperios: uno el de Occidente, con capital en la ciudad italiana de Milán; el otro, el de Oriente, con capital en Constantinopla o Bizancio. Mientras el Imperio Romano de Occidente era invadido y destruido, el Imperio Bizantino logró mantenerse en paz y orden. Con la división imperial la ciudad de Roma perdió importancia política, pero se la respestaba porque en ella residía el vicario de Cristo, el Papa.
Final del Imperio Romano de Occidente
En el 476 se depuso y dio muerte a Rómulo Augústulo, último emperador de Occidente. Su vencedor, el germano Odoacro, fue proclamado rey de Italia y se sometió a la autoridad del emperador de Bizancio. Así desapareció el Imperio Romano de Occidente. En adelante, cada una de sus regiones comenzó a organizarse y gobernarse por sí.